Saturday, August 25, 2007

LA SOPRANO


Clara Margarita Caprario Correa (1932-2007)

La foto muestra a mamá en 1987, cantando Hare Krishna. Ese año, cuando los devotos estaban siendo perseguidos en Uruguay, mamá escribió una carta defendiéndolos y yo la traduje y la publiqué como un artículo con su firma en Back To Godhead, la revista del movimiento Hare Krishna. Ésta es la foto que me mandó para ilustrar la nota. Es mi foto favorita de ella, pero hay muchas. Es una foto vieja, escaneada (no tengo el original), pero el efecto medio sicodélico (salió así porque la foto no es buena) me gusta porque mi mamá era una hippie at heart. Y no necesitaba drogas para vivir en un mundo lleno de color.


Para poder entender y manejar el meteorito que fue la partida de mamá, siempre regreso a mi primeras memorias de la infancia: ‘El Disco Roto’ y ‘Mañanas de Concierto’.

El Disco Roto es el popularmente conocido incidente en el que, a los 3 o 4 años de edad, enfurecido por vaya a saber qué, no tuve mejor idea que agarrar el primer disco que encontré a mano (probablemente un rare edition de María Callas, ésas que tienen el perro y el gramófono, al cual volveremos párrafos más abajo) y hacerlo trizas contra el piso. Bad mistake. Mamá me agarró de una pata y me sacó de abajo de la cama, como Nicholas Cage y Nathan Jr. en Raising Arizona. To make a long story short, let’s just say that nunca más rompí un disco y aprendí que las cuatro cosas más importante para ella eran sus tres hijos y la ópera.

Pero las Mañanas de Concierto son el recuerdo más feliz de mi niñez. Eran todas las mañanas de mi infancia (bah, no sé si fueron todas, pero están tan presentes que parece que hubieran sido todas), cuando ella se preparaba para irse a trabajar y, mientras se aplicaba make up, cantaba bajito. Se ponía rimmel en un ojo y después paraba, me miraba y me cantaba unos minutos de un aria, gesticulando como si estuviese en el Teatro Solís. Tenía una voz hermosa, un oído y ritmo increíbles, era una gran actriz y para ella era lo mismo el Solís o el baño de su casa. Esos conciertos privados, y los efusivos besos con los que se despedía, son las dos memorias más queridas de mi vida. She spoiled me rotten.

Mamá es la persona que más confió en mí, y lo hizo antes que nadie. Ella fue la que me dio fuerzas para, aunque sea, animarme a hacer las cosas con pasión y seriedad, pero sin apego por los resultados. Para ella, el proceso era lo importante. Y vivió al máximo: en las malas, llorando mucho pero apretando los dientes y metiéndole para adelante. Y en las buenas y no tan buenas, disfrutándolo todo, all-inclusive, trabajando duro pero soñando y jugando mucho, sacándose el gusto de hacer lo que mejor hacía: cantar, incluso luego de que algún doctor por ahí le había dicho que había perdido la voz, tras una época muy dolorosa en su vida. Se la creyó, resignada, por unos años. Pero un día decidió ser fiel a lo que sentía y se animó. Y ganó, cantando por varios años frente a un teatro Solís lleno, con la gente de pie y aplaudiendo. Aunque no era solista, en el coro era la que mandaba. I swear I could hear her voice, por encima de todas las demás, como si me estuviera cantando solamente a mí. Pero that was good enough for her. Sus hijos, su muerte (la manera tan maravillosa en la que se fue) y el haber cantado por años en el Solís fueron los grandes triunfos de su vida. Y después, por si las moscas, cuando terminaba la temporada de ópera, no sé de dónde se conseguía un pianista, ensayaba algunas arias y rentaba el Ateneo. Y ahí sí: el lugar lleno de gente de pie que la aplaudía a ella sola. Y se ponía sus mejores pilchas, unas polleras largas como de terciopelo, con un collar de perlas sobre un negro sobrio, el pelo hermoso, bien maquillada... Y yo la veía entrar al escenario y escuchaba el “uuuhh” de la gente admirada por su belleza. Y ahí me quedaba como congelado, abrumado por la felicidad y orgullo de tener la mamá más linda del mundo.

En casa siempre hubo un piano, y mamá usaba cualquier excusa para armar festicholas con amigos artistas. El director de la sinfónica, el tenor tal, la poetisa tal. Todo el mundo cantando, hablando, tocando el piano, tomando y comiendo. Unos eran de izquierda, otros estaban con los milicos, pero lo que los unía era la cultura, la música, la ópera, la literatura, el cine... Y no éramos una familia “intelectual”. Ella me enseñó que lo culto y lo mundano pueden ir de la mano. All you need is good taste. Y ella le sobraba.

Mamá era muy cariñosa pero, cuando metíamos la pata, no andaba con vueltas: it was the wrath of God! Yo fui el único, creo, a quien ella echó de casa. La primera vez, por insultarla a ella (probablemente, algo que yo quería y ella no me lo quería comprar porque “estamos a fin de mes”). La segunda, por insultar a mi hermana. La primera vez la insulté y me fui a dar una ducha, y mientras me duchaba pensaba “Estoy podrido, yo me voy de acá. Salgo y agarro todas mis cosas”. No fue necesario: mis cosas ya estaban cuidadosamente apiladas en la puerta del apartamento, cortesía de mom.

Mama era severa, pero no boluda: ¿a dónde me iba a ir, si no tenía un mango? Me echó, pero el cuarto de pensión lo pagó ella. Cuando me llevó al lugar, yo sentía que iba rumbo al calvario, pero la cosa cambió rápidamente. Cuando toca el timbre, abren la puerta y aparece una diosita de pelo negro, un bombón veinteañero. Mamá pregunta por la dueña, y cuando ésta llega me mira, pone cara de asombrada y le dice a mamá “Pero señora, ésta es una pensión de mujeres”. Yo, loco de la vida. Mamá se puso seria y le dijo “Yo nunca dije que era para mí. Yo pedí un cuarto, nomás. No se preocupe, él se porta bien, y si quiere le doy un poquito más”. (“Un poquito más”, creo, fue la frase clave que determinó que yo me quedara).

Me quedé ahí unos cinco meses y, cuando mamá me llamó para decirme “Ok, creo que ya aprendiste la lección. Quiero que vuelvas”, yo realmente no quería irme, hint, hint... Pero quedamos en reunirnos en el Aero Chop, un barcito de Colonia y Yaguarón.

“Mirá, mamá, a mí no me conviene volver. Yo estoy bien”, le dije con mis 19 años de estupidez.

Mamá no tuvo que decir nada. Me miró con esa cara de “No seas boludo. Empezá de nuevo”, y yo empecé de nuevo. Y le dije que quería venirme a Estados Unidos porque “en Uruguay nunca voy a poder hacer nada” (siempre admiré a varios colegas talentosos y nunca me sentí capacitado para competir, en un medio tan chico). Ella puso cara de triste y pasó a ennumerarme las ventajas y desventajas de irme en ese momento. Su balance final fue “Pero, hagas lo que hagas, metele ganas, usá hasta la última gota de sudor, y no jodas a nadie”.

Entre 1984 y 1992 nuestra relación fue cercana. Nos mantuvimos en contacto y ella me visitó dos veces, incluyendo mi iniciación vaishnava en 1986. Ella se puso el sari y vivió como una devota más, y lo disfrutó mucho. Pero de noviembre del 92, cuando empecé a escribir en inglés, hasta fines del 98, mi carrera y mi vida dieron un giro radical. Por razones estúpidas que no vale la pena mencionar, entre 1993 y 1998, básicamente, me borré del mapa familiar. Me la pasé trabajando y divirtiéndome, pero los excesos (no sólo de trabajo) me llevaron a India a fines del 98. En Vrndavana me puse las pilas, recuperé la salud y paré con toda la joda. Paré de escribir y me juré volver solamente cuando realmente tuviera cosas que decir y ganas de escribirlas.

En ningún momento mamá me cuestionó, pero hoy sé que, a su manera, siempre rezó por mí y nunca perdió las esperanzas de que yo volviera a ser yo. Sin hablarlo, ella siempre supo lo que me pasaba. Y cuando finalmente pude tomarme vacaciones (a partir de Rumbo en 2004), pude ir a Uruguay regularmente y reestablecer una linda relación, ya sea en persona o por email. A veces me siento como Lennon, que perdió a su madre justo cuando estaba reanudando la relación.

En algún momento de 2005, Bhaktitirtha Swami, un prominente sannyasi Hare Krishna y una de mis grandes inspiraciones, anunció que tenía cáncer y comenzó una serie de cartas a sus discípulos donde relataba, paso por paso, sus cambios físicos y compartía la manera en la que, espiritualmente, la iba sobrellevando. Son unos textos conmovedores que pueden hallarse en www.btswami.com. Yo le mandé algunas de esas cartas traducidas al español, incluyendo una llamada “Die before dying”, donde el Swami habla sobre el estado de conciencia apropiado al momento de la muerte (desapego y entrega totales) y la preparación para llegar a ese ideal. El 15 de julio de 2005 mamá me escribió:

“Qué maravilloso texto, ya lo imprimí y lo voy a leer todas las noches. Pero lo más revelador para mí es que me siento consustanciada con todo lo que dice. Cada día de mi vida lo experimento como la madre de Bhaktitirtha. Aprecio todo lo que me rodea, los seres que amo, mis árboles y animales. Son sentimientos muy intensos y, a la vez, soy consciente de que algún día nos separaremos. Espero poder aprender a morir antes de morir. Creo que intuitivamente, ya he empezado hace tiempo ese aprendizaje. Gracias mi amorcito, seguime mandando estos invalorables textos. Te amo”.

En mayo de 2006 tuve que ir a Buenos Aires por cuatro días, pero aproveché para hacerme una escapadita a Uruguay. Sin embargo, quería darle una sorpresa y sólo le dije que estuviera en casa el viernes, porque le iba a mandar “un envío”. Después de pensarlo un poco decidí decirle la verdad, porque algo me decía que no estaba para emociones fuertes.

“¡¡¡POR FAVOR, ME MUERO DE LA ALEGRÍA!!!”, me escribió el 22 de mayo de 2006. “NO voy nada a la clase de cerámica. Yo pensé que me querías mandar flores o algo así, pero si vas a venir unas horas, ME QUEDO EN CASA TODO EL DÍA PARA CUANDO LLEGUES!! Manteneme estrictamente informada. Estoy feliz, aunque sean unas horitas. Besitos”.

Estuve un día con ella y un día en Montevideo. En un momento, me dice que quiere hablar conmigo y nos sentamos en la mesa de la churrasquera, en el patio trasero de la casita hermosa en la que vivía, rodeados por sus “animalitos”.

“Mirá, yo no te quise decir nada para no preocuparte, pero vos un día me dijiste que no querías que te ocultáramos nada, así que te lo digo: parece que tengo cáncer”. Tuvimos una conversación larga sobre las diferentes opciones, pero los dos estábamos de acuerdo en una cosa: lo importante era hacer todo lo dignamente posible para batallar contra la enfermedad, pero más importante aún era mantener el estado de conciencia adecuado y recordar que al alma nada la toca. Comentamos algunos versos del Bhagavad-gita y la pasamos muy bien, muy tranquilos, mientras hacíamos planes para manejar la cosa desde el punto de vista económico. Fue una tarde muy tranquila y cálida, pese a la mala noticia, y ella estaba muy feliz.

A fines de 2006, Guilla me dice que tenía ganas de que, finalmente, hiciéramos una ceremonia vaishnava de casamiento en el templo Hare Krishna de Buenos Aires. Lo íbamos a hacer en Laguna Beach (California ) justo cuando surgió lo de Rumbo en 2004, y era hora de hacerlo.

“Además, tenemos que aprovechar ahora, que nuestras madres están vivas”, dijo Guillita. Yo sabía que tenía razón, pero me pareció una locura organizar una boda védica a la distancia, no creía que era el momento adecuado. Guilla insistió y tenía razón. Decidimos hacerlo en febrero, para casarnos e ir al carnaval uruguayo, pero el sacerdote no estaba disponible. Meses después mamá, ya convalesciente, mientras caminaba rumbo al baño paró, me miró, sonrió y me dijo “¿Viste cómo Krishna hizo todos los arreglos? Ustedes querían casarse en febrero y no se pudo. Entonces se casaron en marzo y ahora estamos todos juntos...” Y se metió en el baño.

“Me encanta el proyecto de la boda acá”, me escribió el 4 de octubre de 2006. “Capaz que están para mi cumpleaños. Eso me haría muy feliz. Te amo”.

Pero algo en el email me pareció raro. Estaba cariñosa como siempre, pero la sentí apagada.

“¿Estás bien? Me huele que algo no anda muy bien”, le escribí el 5 de octubre de 2006. Y el instinto no me falló. El mismo día, me respondió:

“Grillito adorado, es increíble la conexión que hay entre nosotros. Sin embargo no creo haberte escrito nada fuera de lo usual. Pero te tengo que confesar que hace un par de días caí en cierto estado de depresión. Por un lado, la expectativa de lo que me dirá el cirujano cuando me vea, creo que eso es normal que lo sienta, y por el otro los gastos que siempre se presentan en estos casos. Hoy lamenté no estar cuando me llamaste, justamente había ido a lo de Guillermo, (...) me invitó a almorzar en La Pasiva. ¿Te acordás que fue donde almorzamos cuando viniste? (…) La verdad es que estoy preocupada porque éste ha sido un invierno largo y caro, y la eventualidad de una internación y una convalescencia (…) me desestabiliza anímicamente. Bueno, mi amorcito, conste que decidí no ocultarte nada dado que me preguntaste si pasaba algo. El hecho de que estés tan cerca mío espiritualmente, me hace muy feliz. (…) Tus hermanos me dicen que confíe que todo va a salir bien. (…) Bueno hijito adorado, te mando mil besitos”.

Finalmente, la boda se fijó para el 11 de marzo de 2007 en el templo de Buenos Aires. El 5 de marzo mamá me envió su “Feliz Cumpleaños” anual. Ni ella ni yo sabíamos que iba a ser el último. Lamentablemente, mamá se iba a perder la boda porque no estaba lo suficientemente fuerte para viajar, pero mentalmente siempre estuvo intacta.

“Hijito adorado, muy ¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!! y creo que el mejor regalo que te puedo hacer es que hoy amanecí muchísimo mejor. Anoche no hice fiebre y no transpiré copiosamente como solía hacerlo. Estoy con la cabeza más despejada, sin esa sensación de mareo que tenía durante el día y me estoy alimentando mucho mejor. Estoy ilusionada esperando la venida de ustedes que, por otra parte, nunca más oportuna para acompañarme, dado que Guillermo se quedará unos días más en Argentina. Bueno mi amorcito, que pases lo mejor posible en tu día. Te amo”.

El 10 de marzo, un día antes de la boda, me escribió mientras yo estaba en Buenos Aires con Guillermo y a Guilla le aplicaban el tatuaje de henna.

“Grillito adorado, hoy ya es 10 y recién pude abrir el correo porque estaba sin compu. Me alegró muchísimo poder hablar contigo y Guillermo hoy y te pido me disculpas, porque hablamos apurados y no te deseé buena suerte y felicidades para mañana en la ceremonia. Estoy deseando que estés acá. Espero que Guillita también venga. Te adoro”.

El 12 de marzo de 2007, un día antes de visitarla, me mandó un email que decía “No te olvides de…” en el subject line.

“No sé si tenés un celular que te sirva para comunicarte acá. En caso contrario, sería bueno que me llamaras de la terminal, diciéndome a la hora que se embarcan, y yo los espero en ésta en el remisse, que es barato. Respecto a dónde se van a quedar, yo daba por descontado que lo harían en casa y ya tengo todo dispuesto. Quizá no tendrán las comodidades que yo querría darles pero, por lo menos, estaremos juntos. Hasta mañana. Besitos. P.D. comprate una tarjeta de Antel para llamarme”. (Las comodidades sobraban; lo que jodían eran los perros)

Ése sería su último email.

Salimos de Buenos Aires el martes 13 (sí, martes 13). En 20 minutos estábamos en Uruguay. Mi entrada fue triunfal. Primero discutí con la azafata por echar un spray cancerígeno y mentir por los parlantes, y luego con la chica del locutorio (desde el aeropuerto internacional de Montevideo, se puede llamar a Estados Unidos pero no a Montevideo). Finalmente le pido el teléfono a dos chicas de otro negocio y mamá atiende medio como gritando y con voz de preocupada.

-Tranquila, ma... Sólo te llamaba para decir que llegamos y ya vamos para allá. U ok? ¿Por qué estás gritando?
-No estoy gritando, siempre hablo así. Ya vas a ver...
-Mama, you ok?
-Sí, sí, quedate tranquilo. Yo los espero acá”.

Llegamos y veo a mamá tratando de caminar rumbo a la puerta. Por lo general era rapidísima, y un año antes me había ido a buscar trotando rumbo a la parada de ómnibus. Pero esta vez estaba flaca, lenta, no tenía la llamita.

“No camines, ma, it’s ok...”, le dije, y se quedó quieta en la puerta. Nos abrazamos y yo me derretía, no podía ni respirar. Pero traté de juntar fuerzas y le dije, “Ok, ma, sentate acá. Todo está bien...” Ella me esperó en el sillón, con las piernas sobre un banquito. Le hice señas a Guilla para que se quedara con ella unos segunditos y me escondí en uno de los cuartos para explotar, dejar correr unas lágrimas por pocos segundos y después secarme, juntar fuerzas y take care of business.

Mamá tosía mucho, sobre todo cuando trataba de hablar. Pero se comunicaba por gestos y oraciones cortas. Le toqué un par de canciones con la guitarra, pero estaba quedándose dormida (debí haber tocado algo más movidito, I guess...). Terminamos hablando de la boda y nos fuimos a ver las fotos, que le encantaron. Preguntaba quién era tal o cual, y cuando vio la entrada de Guilla en la boda, le dijo “¡Ay...! ¡Estabas bellísima! ¡Bellísima!” Era la primera vez que se repetía para referirse a Guilla. Trece días después, a 48 horas de dejar el cuerpo, me miró a lo ojos y me dijo “Amala y protegela a Guilla. Es una mujer sensacional”. Luego, tomó aire y habló más fuerte: “Siempre lo supe, siempre lo supe...”. Esa fue su última instrucción para mí. Que amara y protegiese a esa persona angelical que le había cocinado su último home meal (un delicioso plato de arroz y lentejas que le dieron su última probadita de algo parecido a la energía).

Ese fatídico martes 13 de marzo de 2007 no sabía bien todos los detalles, pero ahora veo cuál era la situación: en febrero mamá había salido de una segunda operación donde le extirparon casi todo lo que tenían que haberle extirpado, y por las noches todavía tenía fiebres altas, tos y poco apetito, aunque siempre trató de comer algo. Pero mamá no quería hablar con el oncólogo antes de hablar con el homeópata. Y, por complejas razones de horarios, vacaciones, semanas santas, feriados, etc., que sólo mamá entendía (y quizás Guilla), ni el homeópata ni el oncólogo estaban disponibles. Y mamá no quería hablar con el oncólogo antes de ver al homeópata.

“Con [el homeópata] siempre estuve bien. Sólo tuve problemas con la medicina tradicional”, dijo. Al final, con mucho esfuerzo, la convencimos para que hiciera una cita con el doctor el miércoles 14 de marzo.

Pero la noche del martes no pude dormir. Por un lado, mamá tosiendo y por el otro los perros que no paraban de ladrar (los cinco nuestros y los de todo el barrio). Después de pensarlo mucho (“¿me voy a un hotel, duermo y vuelvo a estar con ella o me quedo con ella como un zombie?”), decidí explicarle que yo, sin dormir, no soy útil para nadie. Ella entendió perfectamente.

La mañana siguiente (miércoles 14 de marzo) mamá estaba hecha una máquina. Mucho más alerta, con más energía, más rápida. Tosía menos y yo siempre le daba Hall’s y líquidos. Ella dijo que era por nuestra presencia, y tenía razón, pero parte del crédito se lo lleva el plato de lentejas y arroz que, con el amor y devoción que la caracterizan, le había cocinado Guilla la tarde anterior.

Nos confesó que no había llamado al médico, que se la iba a jugar y esperar hasta el viernes para verlo al homeópata. No hubo manera de hacerla cambiar de idea y quedamos en vernos el viernes 16 de marzo.

Esa mañana mamá pasa por el hotel con el remisero y nos fuimos todos al homeópata. Éste la examinó y se preguntó por qué, en la segunda operación, no le habían sacado los ganglios además del tumor. Pero después le dijo: “Yo no puedo recetarle nada sin ver los nuevos exámenes. Usted debió haber hecho eso cuando le empezaron las fiebres”. Mamá bajó la vista y reconoció: “Sí, yo me dejé estar. Ése fue mi gran error”.

Cuando fuimos a emergencia la atendió un doctor suplente muy bueno. La examinó a la antigua: “Diga 33, diga ahh...” El tipo estaba ahí para ayudar. “Para mí sería muy fácil y rápido mirar el resultado de los exámenes y pasársela a alguien más, confiando solamente en los resultados. Y mire que hay mucha gente esperando. Pero yo quiero saber qué tiene, realmente, y después tratar de que se ponga bien. Pero me parece que tiene neumonía”. Después del examen, mira los resultados y dice “Sí, es neumonía”.

Le dio un calmante y esa noche se decidió que se internara. Pero la trató tan bien el doctor (con o sin calmante), que mamá se tranquilizó y le subió el apetito. Esa noche comió todo su plato. Y en ningún momento se quejó –ni se quejaría nunca- de cualquier limitación de la Casa de Galicia en cuanto a infraestructura. Cuando yo le sugería que podríamos pasarla a un lugar mejor, ella inmediatamente decía “Estoy aquí y me quedo aquí”. “Sí, te quedás aquí pero después nos vamos a casa”, le decía yo, por las dudas. “Sí, claro. Pero no me muevan de acá”.

La noche del viernes le recordé que el sábado 17 de marzo tocaba Notevagustar en el estadio Charrúa, ante 20,000 personas, y antes de que pudiese preguntarle si quería que me quedara con ella, me dijo “Claro, claro, andá, andá, disfrutá del show y después me contás”.

Ese sábado 17 de marzo fue muy intenso. Guilla se regresaba en la tarde a Argentina y, dos días después, a Estados Unidos. Yo entré al show solo, sin conocer a nadie y medio cayéndome a pedazos. Cuando tocaron ‘Clara’ y ‘La única voz’, ésta dedicada a las madres, me fui al banco de suplentes a llorar.

“Y no me olvido de tus caricias/y no me olvido de tu dolor/que pensaste en nosotros primero/no te acordaste sólo de vos/para que hubiera para almorzar/y que tuviéramos en que soñar/te lo juro de eso/no me voy a olvidar”.

It was too much, pero al final de la noche me sentía mucho mejor: el show estuvo buenísimo, el sonido perfecto, la gente se portó bien y yo sentado en el ómnibus lleno de adolescentes uruguayos rockeros, una raza que yo no conocía en persona (cuando me fui, en el 84, el rock uruguayo estaba en terapia intensiva).

Días después, Jaime Roos le dedicó ‘Catalina’, la canción que escribió para su madre, desde un escenario en Maroñas.

“Yo soy hijo de Catalina/de ella saco la risa y saco el orgullo/y gracias a ella jamás temí/la libertad”.

Cuando se enteró, mamá dijo “Decile a Jaime que le agradezco mucho, que me enorgullece y me hace muy feliz”.

Por varios días, mamá se mostró estable dentro de la gravedad: debilidad, poco aire, poca comida, pero el intelecto intacto. Yo me aseguraba de que tuviera los pies elevados, los labios húmedos, que no le faltara nada. Le daba de comer, la ayudaba a lavarse los dientes, y nos turnábamos con Guillermo, quien siempre estuvo al pie del cañón e hizo todo lo que tenía que hacer.

En algún momento entre el 18 y el 21 de marzo, hablé con mi hermana Gabriela por teléfono, por primera vez en tres años. Me preguntó cómo venía la mano, si creía necesaria su presencia. “Si podés, vení”, le dije.

Cuando le dije a mamá que iba a venir Gabriela, sonrió y dijo: “¡Qué felicidad, ver a mis tres hijitos juntos… y en armonía! Y espero que sea armonía en serio, no actuada”. Lo era y, por suerte, pudo confirmarlo.

En un momento, un miércoles cuando todavía estaba Guilla, por culpa de mi habitual intensidad empecé a sentir que ella prefería que Guillermo se ocupara de ella. Para colmo, la noche anterior yo le había comprado unas toallas para usar como servilleta (ella me había pedido repasadores, pero no encontré), y cuando la vi le pregunté por qué tenía el camisón sucio, si yo le había comprado las toallas.

“Las toallas de mano son para las manos”, me dijo ella, siempre tan meticulosa. Y yo, como Walter Matthau en The Odd Couple, le dije “Ok, ma... te voy a comprar repasadores. ¿Los querés con rayitas o lunares?” Guilla, que no se banca cuando me pongo sarcástico, me sacó poco menos que a empujones de la habitación. Y lo bien que hizo.

Al rato vuelvo y, arrodillado a su derecha, le digo “Che, mami... A veces pienso que conmigo estás incómoda, que preferís que te atienda otro…” Mamá abrió los ojos bien grandes, me miró y me dijo: “¡¡Nooo!! ¡¿Estás loco?! ¡No pienses eso!” y me empezó a acariciar la cabeza.

El miércoles y jueves antes de su muerte, dormí mal. Me despertaba y sentía la presencia de mamá acariciándome la cabeza. Sentía como que se estaba despidiendo y que esa sensación era lo que tenía que usar por el resto de mi vida para recordarla.

El jueves por la mañana, un día antes de que llegara Gabriela, con Guillermo tuve una fuerte discusión. Él quería darle a mamá un polvo nutritivo que le había mandado Gabriela de EE.UU., pero yo le recordé que tenía B12, y el homeópata había dicho que no era recomendable porque reproduce las células. El médico normal había dicho que “Nosotros por lo general no se lo damos a los pacientes, pero si ustedes quieren pueden darle”, como diciendo “It doesn’t matter anymore.” Yo consideré que lo mejor era que mamá tomara la decisión, porque ella siempre siguió al pie de la letra las instrucciones del homeópata. Cuando le presenté el asunto, mamá fue clara y concisa: “Vos no entendés”, me dijo, mirándome a los ojos. “Me estoy muriendo. Si el doctor dice B12, que sea B12”. Le dimos un par de vasos y se los tomó con gusto.

Cuando llegó Gabriela, el viernes 23 de marzo, se abrazaron por un largo rato. Ella, Guillermo y yo nos paramos frente a mamá, y mamá no paraba de sonreír. Gabriela confirmó ser una gran actriz. En el viaje desde el aeropuerto estaba destrozada, como sabiendo exactamente con lo que iba a encontrarse (ella estuvo al lado de papá en sus últimos días). Pero en el hospital, frente a mamá, fue una inyección de alegría que nos levantó el ánimo a todos. Hablaba hasta por los codos y empezó a hacer chistes, para romper el hielo: “¿Viste, mami? Estamos los tres juntitos y unidos”, y nos abrazaba con un brazo y con el otro hacía como que nos rompía una botella en la cabeza. Y mamá sonreía y sonreía. Ese viernes 23 de marzo fue uno de los días más inolvidables y cómicos de mi vida. Mamá estaba de gran humor, se reía de sí misma y nos hacía matar de la risa a los tres. Cuando Guillermo le hizo notar que, pese a todo, no tenía fiebre ni alta presión, y que podia hacer sus necesidades sin problemas, mamá dijo: “Sí, todo bien… No tengo fiebre, no tengo presión, voy al baño, pero…” Y hacía gestos con la mano como diciendo “me voy pa’ arriba”. Pero lo dijo con una cara que nos matamos de la risa, y ella también sonrió, con esa sonrisa tan dulce como débil.

Pero en tres o cuatro oportunidades nos dijo: “Yo no quiero vivir así. Yo estoy acostumbrada a vivir bien, cómoda, y así no quiero estar”. O no la escuchábamos o nos hacíamos los boludos, pero en un momento yo le dije, “Ok, mami… Éstas son las opciones…”. Básicamente, le dije que, o se quedaba en el hospital, o la llevábamos a lo de Guillermo (subiendo siete pisos con la camilla por la escalera) o la llevábamos a su casa en Playa Pascual, en un viaje de unos 45 minutos. Me miró a los ojos y me dijo: “Nos quedamos acá. No se preocupen”.

Y pasó a contarnos El Secreto: los pasos exactos que iba a dar en su partida.

“Quiero que todo esto quede entre nosotros, porque mucha gente no lo va a entender”. Los tres estuvimos de acuerdo y prometimos no revelarlo, y nos aprontamos para escuchar lo que, sabíamos, iban a ser sus últimas instrucciones.

En un momento, mientras los hermanos discutíamos detalles de ‘El Secreto’, mamá temió que se enterara otra gente por el volumen de la conversación, y nos dijo “Che, ¿quieren un gramófono?” Nosotros no entendíamos nada, hasta que Guillermo se avivó y dijo “¿Querrás decir megáfono?”, y todos nos matamos de la risa. Otra confusión graciosa ocurrió cuando yo entré a la habitación con las sobras de una pizza y fainá y Coca-Cola de un almuerzo con Guillermo. Mamá me miró entrar e inmediatamente le volvió el apetito. Me pidió pizza (“Bien mojada” de salsa) y mucha Coca. Nunca la vi tomar tanta Coca, no largaba el vaso. Tan enganchada estaba con la Coca que nos sacamos una foto con ella sosteniendo el vasito. Al principio dudó lo de la foto, pero la convencimos de que estaba preciosa y accedió. Después, en un momento trataba de hablar con nosotros, pero nosotros sólo entendíamos algo con la palabra “tío”, y acercamos nuestros oídos a su boca, como quien espera las Últimas Instrucciones del Maestro. Yo empecé a especular con que se estaba acordando de su hermano, “el tío”, y mamá sacudía la cabeza como diciendo “No, boludo, escuchá bien”. Finalmente, tomó aire y nos gritó “¡ANTIVOMITIVO!”. Lo que nos quería decir no era “tío”, sino “antivomitivo”. Nos estaba diciendo que le gustaba mucho la Coca porque le sacaba las ganas de vomitar. Y se reía de nuestra sordera y del dramatismo que poníamos cada vez que ella decía algo. Como cuando suspiró, nosotros nos pusimos nerviosos y nos acercamos a ella, y ella abrió los ojos asombrada y nos dijo “¿Qué pasa? ¡No dije nada...!Sólo dije ‘aahhh..’ ”.

Finalmente, a eso de las 6 de la tarde del viernes 23 de marzo de 2007, llegó el momento de despedirnos.

“Quiero que vengan cada uno por separado, y después que entren los tres juntos”. Yo sugerí que entrara primero Guillermo, después Gabriela y por último yo. Igual que como llegamos al mundo (pero vestidos).

Cuando me llegó el turno, le dije que yo solamente tenía agradecimiento para ella, por todo pero especialmente por haber confiado en mí siempre, por haberme dado libertad, por ser mi gran fan, por ser tan cariñosa y valiente, y por mantener la calma y lucidez en un momento tan importante. Le dije que estaba orgulloso de ella y que era todo oídos para lo que ella tuviera que decirme.

“Estoy muy orgullosa de vos", me dijo. "Lograste muchas cosas y superaste muchos problemas. Pero ahora seguí con tu vida firme, y no cambies tus planes de vuelo por nada [yo me iba el domingo, dos días después]. Andá de vuelta a trabajar y ayudalo a Guillermo con la transición de la casa. Asegurate que cuiden mi jardincito y que cuiden a mis animalitos. No los maten ni los regalen. Y dale todo mi amor a Guillita. Qué bueno que pudo venir. Yo siempre la quise como una hijita”. Y en eso hace una pausa, me mira a los ojos y me dice: “Amala y protegela mucho a Guillita. Es una mujer sensacional. (pausa) Siempre lo supe, siempre lo supe…”

Se lo prometí, le agarré la mano y le di muchos besos, hasta quedar llorando con mi cabeza escondida en su cuello, mientras ella me acariciaba la mano. “Ok, ma… ahora vamos a entrar los tres”.

Mamá nos agarró las manos a los tres, las puso juntas y, una vez más, nos hizo hacer una promesa:

“Prométanme que nunca más se van a pelear por estupideces. Les aseguro que voy a ver todo lo que ustedes hacen”. Se lo prometimos y siguió hablando: “Asegúrense que Guillermo termine el libro de María Borges [una soprano uruguaya]. Ya tiene toda la información que necesita. (mirando a Guillermo) Dale, sentate y escribilo, y me lo dedicás a mí. Cuiden a mi jardín, mi casa y mis animalitos. Y quiéranse, que lo único que aprendí en la vida es que lo más importante es el amor”. Y sólo ahí empezó a llorar. “Bueno, ya no hay más nada que hablar”, dijo. Cerró los ojos, y nunca más hablamos con ella.

Al otro día volví a su cuarto. Entré y salí tres o cuatro veces, pero no podía quedarme. Sentía que, aunque su cuerpo estaba ahí, respirando, ella ya se había ido el viernes. Fue una sensación muy rara y le pedí a Guillermo que se quedara. En ese momento tuve una gran realización: yo, que siempre creí ser el más fuerte de los tres, resulté ser el más débil. It was a humbling experience, to say the least.

Mamá dejó el cuerpo el domingo 25 de marzo a eso de las 8 am, con Guillermo a su lado. Yo estaba sacando las cosas del hotel para dejarlas en lo de Guillermo y salir rápido al hospital, pero no llegué a tiempo (Gabriela llegó al hospital minutos después). Me paré frente al edificio de Colonia 1318, donde crecimos, miré el balcón, a mi alrededor y me pregunté cómo diablos iba a poder estar en Uruguay sin ella. La ciudad no era lo mismo, y me pregunté si algún día podría volver a ser la misma. Me quedé varios minutos mirando a mi alrededor. “Guau... Éste es Uruguay sin mamá”.

Guillermo y Gabriela se quedaron a organizar la cremación, e incluyeron en el cajón mi chadar del casamiento y una pintura de Krishna abrazando a los devotos que llegan el mundo espiritual, que me había mandado mi hermana espiritual Vrndavana-lila, una devota argentina. Mis dos hermanos rentaron una van para llevar a familiares y amigos a la casa de mamá en Playa Pascual, y se repartió un tercio de sus cenizas “en mi jardincito”, como ella quería. La ceremonia duró exactamente lo que duró un concierto de María Callas que sonaba mientras se depositaban las cenizas. Otro maravilloso accidente manejado por Krishna para su devota. (Mi parte de las cenizas las llevaré a Vrndavana el 11 de octubre, para dejarlas en el río Yamuna, frente a Keshi Ghat).

Ya en San Antonio, le envié un email a Jorge Drexler, quien muy amablemente la había llamado personalmente a mamá años atrás para invitarla a uno de sus shows en Montevideo, creo que en la Sala Zitarrosa. Luego del show, mamá fue backstage y se sacó una foto con él.

“Es amoroso, un caballero”, comentó mamá en su momento. Jorge me respondió enseguida.

“Si la memoria no me falla, era una señora encantadora, llena de vida y estaba muy orgullosa de vos”, escribió Drexler. Mamá lucía orgullosa sus fotos con Drexler en Montevideo y con Juanes en Los Ángeles. Lástima que nunca pudo conocer a Shakira, a quien ella llamaba “mi ídola”, no solamente por su música sino por su inteligencia.

Y hoy, 10 de agosto de 2007, casi cinco meses después de su partida, acabo de descubrir una nueva, desconocida versión de mamá. Y pude, finalmente, terminar este texto, el más difícil de mi vida.

Sí, acabo de re-descubrir a mamá, gracias a una filmación que trajo Gabriela. Más que una filmación, es la gran sorpresita póstuma de mami, un milagro. (¿Por qué nunca nos la había mostrado?) En la película se la ve a ella en su quinto cumpleaños, en 1937, disfrazada con un vestidito precioso, con toda la familia y amigos, con toda la inocencia y dulzura de una niña feliz y con cero maldad en el corazón. Es una filmación muda, en Super 8, que ella misma descubrió una noche en la que estaba viendo un programa por TV con viejas filmaciones de Montevideo. De repente se ve ella ahí, y a sus padres, y su hermano. Llamó al canal y arregló para conseguir la película.

Cuando pienso en mamá ahora, La Soprano pasa a un segundo plano y la nena de la película se apodera del papel principal. Ahora me doy cuenta que mamá siempre fue, en realidad, esa niñita de cinco años con una sonrisa oceánica y la capacidad de tirar ilimitados besitos para todos lados. Deep down, nunca cambió, y esa inocencia y capacidad de asombro la tuvo hasta el último segundo.

Chau, ma. Te juro que me voy a portar bien y te dedico esto que no escribí yo, pero ojalá lo hubiese escrito:

It is true
I was created in you.
It is also true
That you were created for me.
I owned your voice.
It was shaped and tuned to soothe me.
Your arms were molded
Into a cradle to hold me, to rock me.
The scent of your body was the air
Perfumed for me to breathe.

Mother,
During those early days, dearest days
I did not dream that you had
A larger life which included me,
Among your other concerns,
For I had a life
Which was only you.

Time passed steadily and drew us apart.
I was unwilling.
I feared if I let you go
You would leave me eternally.
You smiled at my fears, saying
I could not stay in your lap forever
That one day you would have to stand.

And where would I be?
You smiled again.
I did not.
Without warning you left me,
But your returned immediately.
You left again, and returned,
I admit, quickly.
But relief did not rest with me easily.
You left again, but again returned.
You left again, but again returned.
Each time you reentered my world
You brought assurance.
Slowly I gained confidence.

You thought you knew me,
But I did know you,
You thought you were watching me,
But I did hold you securely in my sight,
Recording every movement,
Memorizing your smiles, tracing your frowns.
In your absence,
I rehearsed you,
The way you had of singing
On a breeze,
While a sob lay
At the root of your song.

The way you posed your head
So that the light could caress your face
When you put your fingers on my hand
And your hand on my arm,
I was blessed with a sense of health,
Of strength and very good fortune.

You were always
The heart of happiness to me,
Bringing nougats of glee,
Sweets of open laughter.

I loved you even during the years
When you knew nothing
And I knew everything, I loved you still.
Condescendingly of course,
From my high perch
Of teenage wisdom.
I spoke sharply to you, often
Because you were slow to understand.
I grew older and
Was stunned to find
How much knowledge you had gleaned.
And so quickly.

Mother, I have learned enough now
To know I have learned nearly nothing.
On this day
When mothers are being honored,
Let me thank you
That my selfishness, ignorance, and mockery
Did not bring you to
Discard me like a broken doll
Which had lost its flavor.

I thank you that
You still find something in me
To cherish, to admire, and to love.

I thank you, mother.
I love you.

-Maya Angelou

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